¿Y si la inteligencia emocional no se enseñara… sino que se entrenara?
Han pasado veinticuatro horas desde que regresé del campus y todavía estoy en proceso de recuperación. No solo por el desgaste físico, sino por la exigencia mental que implica sostener, dinamizar y acompañar a un grupo de adolescentes en plena etapa de desarrollo. Es un contexto de alta intensidad que obliga a estar presente, atento y disponible de forma constante.
No es una experiencia para todo el mundo. Pero sí considero que cualquier profesional interesado en cómo se construyen la personalidad, el carácter y los patrones de comportamiento en la adolescencia debería exponerse a entornos como este. Es ahí donde la teoría se contrasta con la realidad.
Aunque el eje del campus es el baloncesto, su verdadero valor está en lo que ocurre alrededor del juego. La convivencia, la exposición a diferentes edades, la interacción con entrenadores y compañeros de otros equipos y, sobre todo, la construcción de vínculos. Ese tejido relacional es el que da sentido al club como espacio educativo y social. Cuando esto se cuida, competir y ganar dejan de ser el único indicador de éxito.
Durante la semana he observado cómo los adolescentes se relacionan con el error, con la frustración, con la exigencia competitiva y, especialmente, con su propio diálogo interno. Este último es, con diferencia, el factor más determinante. La forma en la que un joven se interpreta a sí mismo condiciona cómo actúa, cómo se vincula y hasta dónde se permite llegar.
En uno de los entrenamientos, un jugador decidió no salir a pista. No era una cuestión física ni táctica. Simplemente no se sentía lo suficientemente bueno. Desde esa percepción, optó por apartarse, privando a su equipo de un jugador más y, sobre todo, a sí mismo de la única vía real de aprendizaje: la experiencia directa.
La intervención fue sencilla y directa: le pedí que no se privara de la oportunidad de aprender. Que saliera a pista un solo minuto, sin exigencia de rendimiento. Solo con un objetivo: estar. Sentir el juego, el espacio, el ritmo. Bloquear el ruido mental y permitirse experimentar la situación sin evaluarse constantemente. No se trataba de hacerlo bien, sino de exponerse.
Este tipo de intervención responde a un principio claro: reducir la evitación y facilitar una exposición gradual a la situación que genera bloqueo. Cuando el contacto se produce de forma progresiva y sin sobrecarga, el aprendizaje deja de estar condicionado por el miedo y empieza a construirse desde la experiencia.
Lo relevante es que, en contextos como el deporte, esto puede aplicarse de forma natural, integrada en la propia actividad. No hace falta sacar al jugador del entorno: el propio juego ya es el espacio de trabajo si se utiliza con intención.
Desde la práctica clínica y el trabajo en el deporte, la conclusión es consistente: sin conciencia emocional no hay regulación, y sin regulación no hay adaptación. Un adolescente que aprende a identificar lo que siente empieza a desarrollar la capacidad de entender a los demás y de situarse mejor en su entorno. Esto no solo mejora la convivencia, sino que impacta directamente en su bienestar y en su rendimiento.
El problema es que estas habilidades no se entrenan de forma sistemática. El sistema educativo sigue centrado en la transmisión de contenidos, mientras que las competencias que realmente marcan la diferencia —gestión emocional, toma de decisiones, calidad relacional o tolerancia a la frustración— quedan en un segundo plano o dependen de iniciativas puntuales.
En este contexto, es habitual encontrar jóvenes que han construido su identidad desde creencias limitantes: no sentirse suficientes, no saberse expresar o percibirse fuera de lugar. No son casos aislados, son patrones que aparecen de forma recurrente. Y cuando se consolidan en estas etapas, tienden a acompañarles durante años.
Esta realidad es la que da sentido al proyecto que Nuria Fonts y yo llevamos tiempo desarrollando. Ambos iniciamos este camino por separado, desde inquietudes y experiencias muy similares, y con el tiempo hemos decidido unir esfuerzos para construir una propuesta más sólida y con mayor capacidad de impacto.
En mi caso, desde la psicología aplicada y el trabajo continuado en entornos deportivos. En el de Nuria, como coach con experiencia en entornos de alto rendimiento y un recorrido como jugadora profesional de baloncesto, lo que aporta una comprensión directa de las exigencias físicas, mentales y emocionales del proceso.
De esta convergencia nace un proyecto con un objetivo claro: intervenir de forma estructurada en el desarrollo de habilidades personales desde edades tempranas.
No se trata de añadir más contenido, sino de cambiar el enfoque. Proponemos un sistema de entrenamiento que trabaja la mente y el carácter con la misma lógica con la que se entrena el cuerpo: con intención, con método y con continuidad. Porque lo que no se entrena, no se desarrolla. Y lo que no se desarrolla a tiempo, se convierte en una limitación.
Hemos llamado al proyecto ONA y no es casual. “Ona” significa ola en catalán: movimiento, crecimiento, flexibilidad, adaptación constante y fuerza. Porque el agua —y en concreto la ola— no solo fluye, también empuja, transforma y tiene la capacidad de generar impacto.
Una ola no avanza en línea recta, se ajusta, cambia y sigue. Así entendemos el desarrollo personal en jóvenes: no como algo inmediato, sino como un proceso que empieza dentro y acaba impactando fuera.
Porque la vida no se controla, se aprende a leer, a ser flexible, a adaptarse y a avanzar con ella. ONA nace con esa intención: no ser un contenido más, sino un ecosistema que provoca un impacto real y sostenido en el tiempo.
Si trabajas con jóvenes y esto te encaja, puedes sumar. No hace falta rigidez, hace falta criterio, sensibilidad y voluntad de construir algo que de verdad marque la diferencia.
Publicado en tatxe.org


